

Me encontraron un tumor cerebral a la edad de 5 años. Meses antes del diagnóstico, tenía mareos esporádicos al levantarme por las mañanas e incluso vomitaba. Mis padres me llevaron al médico hasta cuatro veces y nunca sospecharon de un cáncer. Una mañana estaba tan mareada que no podía bajar las escaleras. Ese día, mi madre me llevó a urgencias y le dieron la noticia. Aquel 25 de marzo de 2009, mi vida y la de mi familia se paralizaron de golpe.
Fui trasladada inmediatamente al Hospital Vall d’Hebron y no salí de allí hasta tres meses después. Me operaron y pudieron extraer un 60 % del tumor cerebral. Un año más tarde, repetimos la intervención para intentar extraer todo lo que quedaba. Solo quedó una fracción muy pequeña, lo que me obligó a hacer quimioterapia y controles semestrales durante los años siguientes. En 2012, en uno de estos controles, se observó un crecimiento del resto tumoral en la resonancia magnética. Tuvieron que volver a operarme y, esta vez, las secuelas fueron inevitables.
Cuando te dijeron que ya estabas recuperada, ¿cuáles fueron las principales dudas o temores que tuviste?
Aunque tuve el cáncer siendo muy pequeña, los médicos nunca me han dicho que esté recuperada; todavía no tengo el alta médica. Después de la tercera intervención estuve seis años sin cambios en la resonancia, pero en 2018 tuve una recaída. El tumor volvió a crecer y entré en un ensayo clínico que no fue bien debido a los efectos secundarios, y volví a hacer quimioterapia en 2019.
¿Has tenido alguna secuela física?
Sí, de la tercera operación. Esta intervención fue la más agresiva y las secuelas fueron auditivas, visuales y de movilidad. Llevé audífonos durante años y me operaron de la vista dos veces, por nistagmo (un movimiento involuntario del ojo) y desviación ocular. En cuanto a la movilidad, acabé en silla de ruedas. De hecho, perdí la psicomotricidad fina, por lo que no podía ni escribir.
Durante los años posteriores hice rehabilitación diaria en el Hospital Vall d’Hebron. Gracias a todo el esfuerzo, volví a caminar: primero con un andador, después con muletas y ahora sin ayuda. También tengo un síntoma similar a la disfagia. En total, tengo una discapacidad del 66 %.
Explícanos tu proceso de vuelta a la escuela tras el cáncer
No tuve problemas. La vuelta a la escuela después de las dos primeras intervenciones fue muy rápida. Tras la primera intervención, volví a I5 ya a finales de curso. La segunda intervención me mantuvo ingresada solo dos semanas y volví a la escuela, a 1º de primaria, pasado ese periodo.
¿Has tenido alguna dificultad para acceder al mercado laboral debido a tu cáncer?
Los jóvenes lo tenemos complicado para acceder al mundo laboral y quienes tenemos alguna discapacidad derivada de un cáncer, mucho más. Conseguí mi primer trabajo en un supermercado gracias al departamento de promoción de mi pueblo y a conocidos que tengo. Me sentí muy bien tratada y, de hecho, me ofrecieron un contrato indefinido. Aun así, decidí irme a Olot a estudiar un ciclo superior de Industria Alimentaria y tuve que dejar ese trabajo.
Desde que he vuelto al lugar donde resido, lo que más me ha costado es encontrar una empresa donde hacer las prácticas de control y seguridad alimentaria.
¿Crees que las instituciones dedican los mismos esfuerzos tanto a los tratamientos contra el cáncer como a solucionar las dificultades sociales que hay después del cáncer? ¿O crees que hay un vacía en este último aspecto?
Las instituciones públicas dedican esfuerzos a los tratamientos del cáncer, pero solo durante la enfermedad. Una vez has terminado el tratamiento, la idea general es que ya estás curada, y eso no es del todo así: hay que ser consciente de que, una vez finalizados los tratamientos, pueden quedar secuelas. Por eso, creo que hacen falta más centros públicos de terapias específicas y accesos ágiles para tratarlas lo antes posible.
¿Cuál es tu visión general sobre la situación social en la que se encuentran las personas después de un cáncer y qué aspectos crees que aún hay que resolver?
La sociedad, en mi opinión, no está alineada con las necesidades de los pacientes para cubrirlas y facilitarnos el acceso al mundo laboral y a la vida cotidiana.
Por ejemplo, cuando me saqué el carné de conducir, tuve que hacer la revisión médica y directamente me indicaron que no era apta hasta que no tuviera un certificado de un neurocirujano. Me costó conseguirlo, pero lo logré. El resultado es que tengo que renovar el permiso de conducir cada año y considero que, si tiene que ser así, no es justo que las personas que hemos tenido cáncer tengamos que pagar las tasas anualmente.
¿Cómo se afronta la vida después de superar un cáncer?
Le pongo mucho humor a la vida; soy muy optimista y la afronto con entusiasmo e ilusión. No tengo miedo a la recaída; voy tranquila a hacerme las pruebas anuales. Cuando pienso en qué me gustaría hacer, me encanta hablar en público y creo que se me da bien, así que me interesaría hacer divulgación sobre alimentación.
Ahora, como objetivo a corto plazo, quiero mejorar mi estado de salud físico y lo hago con un entrenador personal.